He de confesar (no sé si debería hacerlo....) que he permanecido totalmente inmune al
boom de la
literatura nórdica que se puso tan de moda hace algún tiempo en medio mundo, incluyendo nuestro país. Hace 2 ó 3 años era realmente difícil no ver a alguien por la calle, el metro o en la consulta del médico sin su ejemplar-ladrillo de
Stieg Larsson bajo el brazo. Como soy bastante perezoso para los novelones de más de 400 páginas (el de Larsson tiene más de 600......) y un poco
snob, todo hay que decirlo, jamás me dio por comenzar la dichosa saga
Millenium que tanto encandiló a
every mother son por estos andurriales. Tengo cierto rechazo a consumir, sobre todo en materia literaria, todo aquel producto que guste de una manera tan, digamos,
masiva-ovina. ¿Sociopatía? ¿Puro
snobismo, como indicaba antes? Ni idea. La verdad es que no he reflexionado mucho sobre ello. Lo que sí sé es que a mí me suelen encandilar más todos aquellos libros en los que parece que no pasa nada, pero ocurre mucho. Con el cine diría que me pasa igual. ¿Algún ejemplo? Cualquier libro de
Paul Auster,
Juan José Millás,
Antonio Muñoz Molina,
Clara Sánchez,
Lorenzo Silva.... Mis gustos son muy concretos y entre ellos no suelen seducirme los best-sellers, ¿qué le voy a hacer?
Tras esta introducción, casi a modo de disculpa, diré que antes de la peli de
David Fincher ya había visto la primera producción de origen sueco sobre la novela de
Stieg Larsson,
Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres. La factura de dicha producción era correcta y mostraba con total naturalidad una sociedad, la sueca, a menudo desconocida para el resto del mundo, pero que no por ello parece que deje de fascinar a todo aquel que no comparta la nacionalidad de
IKEA,
Volvo y
ABBA. Vi aquella primera producción con curiosidad, sólo por comprobar 'si había para tanto' y juzgar de una manera un tanto facilona, lo sé, si el éxito literario tenía una razón de ser. La historia tenía dos o tres elementos curiosos y hasta sorprendentes, pero no acabó de entusiasmarme. Probablemente lo más interesante del relato era el personaje de la inteligente, aunque algo
complicadilla,
Lisbeth Salander. Pero, no me apasionó el conjunto. Mala suerte.
Sin embargo, esta nueva producción, la americana, dirigida por el creador de estilos
David Fincher (Seven, El club de la lucha, La habitación del pánico, El curioso caso de Benjamin Button, Zodiac....) sí que ha hecho que me enganche a la historia y me ha picado la curiosidad respecto a la obra literaria. Aunque mucho me temo que, como decía una crítica que leí sobre la peli y el libro, 'la prosa cinematográfica de David Fincher sea bastante mejor que la prosa literaria de Stieg Larsson'. El estilo de la película es muy atractivo, desde los impactantes créditos de inicio hasta el montaje mostrando en paralelo las peripecias y las pesquisas de los sagaces
Mikael Blomkvist y la mencionada
Lisbeth Salander,
y la pareja de personajes protagonistas está tratada de una manera quizá algo más dulcificada (sobre todo el de Salander, dentro de lo que cabe, claro...), más al
estilo Hollywood, cuando en la versión sueca tenían un aire algo más áspero, hasta antipático.
Daniel Craig me fascina, como casi siempre, y la joven
Rooney Mara es quizá el gran descubrimiento de la película, metida en esa tonelada y media de
piercings y
tatoos. Me produce un gran placer reencontrarme en la pantalla con la espléndida madurez de
Robin Wright (esta vez sin el añadido
'Penn' en su apellido, por razones anti-sentimentales, entiendo). Por poner una pega, quizá me ha parecido algo más endeble la elección del
casting que interpreta a la oscura familia
Vanger, excepto por el veteranísimo
Cristopher Plummer, que últimamente sólo interpreta papeles de señorones viejunos y ricachones, quizá por su porte elegante de venerable anciano, cuyo trabajo es siempre garantía de solvencia.
Una muy buena película, rodada y montada con calma, con momentos emocionantes, que despega definitivamente cuando los dos protagonistas se encuentran y que mantiene el buen tono durante todo el metraje,
más de dos horas y media, sin desfallecer, prueba del buen oficio de
Fincher.
Notable.